Hiroshima ¿ Pudo evitarse?

May 8, 2011 by

Los dias 6 y 8 de agosto de 1945, las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki fueron devastadas por sendas bombas atómicas, Pocas fechas más tarde, el Japón pidió la paz y aceptó la rendición incondicional tan pronto como los aliados prometieron respetar la figura del emperador, aunque no su poder. La guerra había terminado. Desde entonces los historiadores discuten si fue necesario el empleo de las bombas atómicas, o el Japón estaba ya en disposición de rendirse.
1. El bombardeo “Enola Gay” se aproximó a Hiroshima a una altura de 9.357 metros.
2. La bomba de uranio “Little Boy” fue lanzada a las 08:15.
3. El avión realizó un giro de 155 grados y descendió 518 metros.
4. La bomba explotó con una fuerza de 13 kilotones a una altura de aproximadamente 576 metros sobre la ciudad.
5. La onda expansiva alcanzó el avión menos de un minuto más tarde a una velocidad de 335 metros por segundo.

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A finales de 1944 la derrota del Japón era ya inevitable. En octubre, la victoria en el golfo de Leyte dio a los estadounidenses el dominio completo por mar y por aire, y franqueó el paso a la invasión de las Filipinas. Y una victoria en estas islas habría facilitado a la aviación estadounidense bases a 800 kilómetros del archipiélago japonés. Cayó el primer ministro Tojo, el partidario más irreductible de la guerra en el Japón, y conforme convergían hacia el Japón fuerzas muy superiores en número, se encogían los territorios del imperio nipón e iba perdiendo éste sus centros principales de aprovisionamiento. La destrucción de las principales ciudades del país mediante incursiones lanzadas desde bases terrestres era cada vez más inevitable.

Pese a todo esto, se temía que la invasión del Japón iba a costar gran número de vidas. Los japoneses habían defendido Iwo Jima y Okinawa hasta el amargo final, y utilizaron los pilotos kamíkazes en ataques suicidas contra buques de guerra y convoyes de suministros. Los aliados preveían que el Japón se defendería hasta el último hombre, y se calculó que la guerra continuaría hasta finales de 1946 con un mínimo de 2 millones de bajas por ambas partes, entre las cuales gran número de no combatientes japoneses.

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A finales de junio, los japoneses, sabedores de que los ejércitos soviéticos iban a entrar en campaña según lo acordado para después de la derrota de los alemanes, solicitaron a la Unión Soviética que oficiase de intermediaria en las negociaciones de paz.

Los soviéticos no aceptaron, pero Estados Unidos y Gran Bretaña se enteraron de la tentativa porque habían descifrado las claves de las comunicaciones japonesas por radio. Como los japoneses solicitaban una paz negociada y los aliados se habían comprometido a exigir la rendición incondicional, éstos no quisieron reconocer ninguna utilidad a unas supuestas conversaciones preliminares. En julio, durante la conferencia de Yalta, se limitaron a reiterar dicha exigencia.

Se ha aducido que el motivo de esa intransigencia fue que el desarrollo científico de la bomba atómica había requerido un gasto enorme, y tanto los científicos como los políticos estaban impacientes por ver si la bomba realmente funcionaba. Las pruebas realizadas en julio demostraron que sí. El caso fue que Estados Unidos no discutió con sus aliados la utilización de la bomba.

En julio se limitaron a poner en conocimiento de los británicos la decisión de emplearla, y solicitaron su anuencia, que Churchill otorgó sin más demora. Sin embargo, no existía unanimidad entre los científicos ni entre los políticos de Estados Unidos en cuanto a la conveniencia del uso bélico de la bomba; si los que albergaban reservas hubiesen argumentado su postura con más convicción, tal vez se habría evitado o retrasado dicho uso. En aquellos momentos no estaba en tela de juicio la rendición incondicional, que les fue planteada.

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A los Alemanes antes de que la bomba estuviese a punto. Por tanto, no se ve por qué motivo no iban a planteársela también a los japoneses, previamente y con o sin decisión de emplear la bomba.
También se ha postulado que las bombas se utilizaron como demostración de la fuerza de Estados Unidos, y para que sirviera de advertencia a la Unión Soviética. Ciertamente, hubo discusiones y diferencias entre los aliados en la conferencia de Yalta. Y puesto que la intervención soviética en el frente oriental sólo habría sido eficaz en el norte de China y en Manchuria, quizá los aliados utilizarían la bomba para que esa intervención rusa no fuese necesaria.

Éste es un argumento algo rebuscado y además anacrónico, por cuanto anticipa el comienzo de la Guerra Fría. Por otra parte, era ya demasiado tarde para frenar la intervención soviética. Los rusos estaban comprometidos a iniciar hostilidades contra el Japón a los tres meses de la finalización de la guerra en Europa. De hecho, invadieron Manchuria el 8 de agosto, dos días antes del lanzamiento de la primera bomba atómica.

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Tiene más fuerza el argumento que aduce el rápido deterioro de la situación militar y económica de los japoneses. La producción de material bélico quedó muy afectada por los bombardeos, la falta de materias primas era ya desesperante, y la pérdida de la guerra era inevitable.

Los japoneses no estaban en condiciones de prolongarla indefinidamente y tal vez habrían capitulado antes de que llegase la invasión a las islas principales. Sabían que el ataque soviético era inminente y desde luego no les interesaba que los rusos se cobrasen Manchuria, lo que dejaba a éstos el camino expedito para invadir las islas septentrionales de los japoneses. Por tanto, es posible que si los aliados hubiesen prescindido de su exigencia de rendición incondicional antes que lanzar las bombas, o si hubiesen explicado con pelos y señales la destrucción que podían desencadenar,se habría precipitado la capitulación nipona.

Sin embargo, la posibilidad es remota. Por cuestión de honor, muchos líderes japoneses habrían aceptado la devastación del país antes que rendirse. E incluso después de que cayeran las bombas hubo división a partes iguales en el gabinete japonés (antes las «palomas» se hallaban en minoría frente a los «halcones»). Probablemente los aliados se habrían visto en la necesidad de hacer otras concesiones, además del teórico respeto a la figura del emperador, si hubiesen querido conseguir la paz sin llegar a lo de Hiroshima.

Y todavía después de Hiroshima y Nagasaki, se necesitó la intervención personal del mismo emperador para persuadir a los más recalcitrantes. No es plausible argumentar, porque las pruebas lo contradicen, que la misma paz pudo lograrse una semana antes. Pero tal vez habría valido la pena intentarlo.

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