Muerte en Stalingrado

may 7, 2011 by

 

En Stalingrado ocurrió la batalla más feroz de lo historia. No es posible olvidar tanto horror. Cerca de dos millones de humanos perecieron en aquella hecatombe que duró seis meses, entre agosto de 1942 a enero de 1943.

 

 

Las nubes vomitan, lentas, la sangre. El cielo desciende a la tierra del hombre. Pero no trae la altura bella y celeste. Trae los espectros con guadañas. Que cortan millones de hilos de vida frágil. Llegan los espíritus de la muerte que acallan el corazón del soldado, de la madre y el niño. Y también silencian a los perros y los pájaros. Y a una ciudad: Stalingrado. La ciudad donde, con fervor milimétrico, se destruye el duro cemento y la carne viva.

No es nuestro deseo aquí recrear los avatares decisivos de la batalla. No nos impulsa un anhelo de reconstrucción histórica. Queremos, mediante estas líneas,  cincelar una geometría de símbolos. ¿Qué guerra velada aconteció en la ciudad rusa junto a la batalla ostensible del cañoneo, la granada y la metralla? ¿En la urbe soviética de la más terrible batalla de la historia se despliega un tejido de sentidos todavía vigente?Pero antes de buscar trazas simbólicas, debemos revivir los huracanes bélicos del horror.

Sólo algunos escasos rugidos del huracán podremos escuchar a lo lejos…

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Es agosto de 1943. El VI Ejército alemán de Von Paulus rodea Stalingrado, importante ciudad industrial a orillas del Volga. El cerco de las divisiones acorazadas, y de la infantería germana, es acompañado por la Luftawffe. Según cálculos de los propios rusos, la aviación invasora realiza más de treinta mil  vuelos al día. El efecto de la tempestad de bombas es demoledor. Inexorable. A diferencia de Leningrado, en Stalingrado la población civil es evacuada parcialmente, aunque esto no evitara su atroz mortandad.

Los sobrevivientes buscan refugio en la otra margen del río. Allí, también se concentran las fuerzas del 62 Ejercito soviético a las órdenes del general Chukov. Desde aquella orilla se gesta la resistencia rusa. Allí vomitan fuego las poderosas baterías de artillería Katiuskas. En una flota de buques o en ligeros botes de goma, miles de soldados rusos atraviesan las aguas para arribar al calcinante dédalo de escombros de Stalingrado.

Muchos perecen en el cruce. Y muchos más sienten el hielo letal de la muerte en la lucha cuerpo a cuerpo con el alemán. Miles de hombres mueren para conquistar los sitios estratégicos de la ciudad: la fábrica de tractores el “Octubre Rojo”, “Barricadas”, “Tractores”; y las fábricas mecánicas Dzerzhinski.
Los combates son de una violencia salvaje y de un heroísmo desesperado en el caso de los soviéticos.

En las primeras nueve semanas de combates los ataques alemanes son más de 700. En la colina Mamaia, de 102 metros, ubicada frente al desembarcadero central, se consuma una feroz carnicería con momentos parciales de triunfo y repliegue para ambos lados.

Para el 1 de octubre, los alemanes dominan la mayor parte de Stalingrado. Pero en la otra orilla del Volga, los colmillos rusos permanecen indemnes. La energía combativa soviética allí no decrece. Por el contrario, se fortalece con nuevos refuerzos. Un poder de renovación de las fuerzas que no poseen los alemanes.
Se combate ya casa por casa. Los rusos descubren  que la lucha a corta distancia los favorece. Se organizan redes de casas-reductos, unidas por galerías y pasadizos.

Allí los stukas y los panzers invasores no pueden hacer valer su eficacia destructora. En la necesidad de atacar estos reductos de resistencia, los alemanes se deben hundir en el lodazal sangriento de la lucha cuerpo a cuerpo, que se limita a la ametralladora, la bayoneta o la granada de mano.

La voluntad alemana de victoria se resquebraja. A sus bajas, y a la erosión de su moral, contribuye la mortífera puntería de los francotiradores rusos. El más célebre es Vassily zaitsev.  Él solo, con el fuego preciso de su fusil, mata a 242 alemanes. Y sostiene un duelo con el mayor alemán Koning, del que sale vencedor (1).
Y en noviembre el alemán recibe el saludo de su nuevo enemigo, de un opositor invencible. Del frío. Las nubes bajas. Las fugaces tormentas de nieve…Es el “general invierno”.
El termómetro se despeña hasta 20 grados bajo cero. O más. El infierno muerde al ruso que resiste. Pero destruye al germano. Que, no obstante, ataca con los últimos y tímidos coletazos de sus garras.

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Tantos atacantes alemanes como los defensores soviéticos se refugiaban y vivían en sótanos, por debajo de los edificios en llamas.

Luchaban desde los escombros, deslizándose de una posición a otra por montañas de ladrillos. Las líneas del frente eran fluidas, y solo de vez en cuando caía una granada.

Hordas de ratas pululaban en medio de la carnicería, y se comían a los cadáveres e incluso a los moribundos. Era un paraíso para los Francotiradores, en el que se perdieron la libertad de maniobra y la flexibilidad en el campo de batalla, y la Blitzkrieg se sustituyo por una guerra de desgaste.

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Junto a los zarpazos iniciales del invierno, los rusos lanzan un ataque ambicioso con más de un millón de hombres. Ahora, los alemanes repiten la estrategia defensiva de los invadidos; ahora, los soldados de Von Paulus resisten en casas, fábricas, calles o en la colina Mamaia, la “colina de la muerte”.

Y la noche se hace más larga. Los alemanes caen a millares. Muertos. Enfermos. Famélicos. Suicidados. Luego escapan, para ser capturados y fusilados por sus propios compatriotas.
El 1 de enero de 1943 el frío elige latir en los 40 grados bajo cero. Las raciones de comida para los alemanes se reducen a 100 gramos diarios. La última semana de enero, el Mando Germano abandona a 50.000 heridos refugiados en los subsuelos de silos de cereales, en sótanos de teatros y estaciones ferroviarias. Los muertos ya no se entierran a causa del duro suelo helado. Sus nombres ni siquiera son anotados. Hitler nombra a Paulus Mariscal de Campo; cree que, así, lo forzara al suicidio. Ningún militar de tan alto rango se había rendido antes. La consigna es la muerte honrosa por propia mano antes que la rendición. Pero el 2 de febrero Paulus se rinde. Opta por seguir palpitando. A pesar de que miles de sus soldados ya habían sido cegados por la hoz mortal del tiempo.

En seis meses de lucha, el 99 por 100 de Stalingrado es despedazado. En montículos de ruinas se desmoronan 41.000 casas, 300 fábricas y 113 hospitales y escuelas.
Stalingrado es la mayor matanza militar de la historia. En su negro vientre mueren casi dos millones de hombres y mujeres. Casi 400.000 vidas alemanas se apagan. Lo mismo que más de 130.000 italianos, y cerca de 320.000 húngaros y rumanos. El ejercito ruso sufre 750.000 bajas entre muertos, heridos y desaparecidos. Antes de la tormenta asesina, vivían en la ciudad a orillas del Volga alrededor de 500.000 habitantes. Luego del final de la hecatombe, un censo habla sólo de 1.500 sobrevivientes.
Tras la rendición del VI Ejercito, los rusos hacen alrededor de 500.000 prisiones entre alemanes, italianos húngaros y rumanos. De éstos 400.000 morirán en los siguientes meses de febrero, marzo, y abril de 1943. De los cautivos alemanes sólo volverán a su patria unos 5.000 luego de una década de cautiverio.

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El día 21, el aeródromo de Gumrak, hasta entonces bajo control alemán, cae en manos soviéticas, acción que iniciará la fase final de la «operación anillo». El frente del Don había alcanzado el centro de Stalingrado el día 25, lo que significaba la división de las fuerzas de Von Paulus en dos grupos. A pesar de las órdenes en sentido contrario, algunos comandantes alemanes habían comenzado a negociar la rendición individual de las unidades bajo su mando. Manstein, al ser consciente de lo terrible de la situación, realizó un último intento desesperado de convencer al Führer en el sentido de que aceptase la rendición.

Pero el comunicado enviado por Hitler a Von Paulus era tajante: «Se prohíbe la rendición. El VI Ejército mantendrá sus posiciones en tanto le quede un hombre y una bala, y con su heroico comportamiento realizarán una inolvidable aportación al establecimiento de un frente defensivo y a la salvación del mundo occidental». El día antes de la rendición, Von Paulus enviaba un mensaje desesperado a Hitler: «Nos estamos descomponiendo. Preveo la caída definitiva para mañana o pasado mañana».

La caída será “mañana” para Von Paulus: el 31 de enero se rendirá y será hecho prisionero. Algunos grupos resistieron hasta el 2 de febrero, fecha en que capitularán definitivamente todas las unidades supervivientes del ejército alemán. Ante estas noticias, Hitler explota de ira. Pocas horas antes había nombrado a Von Paulus mariscal de campo y ahora conoce su rendición. Tras una sarta de insultos para el comandante de la plaza fuerte de Stalingrado, el Führer afirma: «Reconstruiremos inmediatamente el VI Ejército». Y lo reconstruirá, pero no podrá resucitar a los 200.000 muertos de Stalingrado y a la fe enterrada con ellos Stalingrado

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